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Almacén de almas

Almacén de almas

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«A Alberto Cortez se le ocurrió pensar alguna vez que las almas de los muertos se guardan en un almacén. Creía en la inmortalidad, en el pase a una nueva forma de vida, pero no al estilo religioso ni mucho menos en la forma como plantea la parasicología. “La búsqueda de la verdad sobre el alma siempre ha sido un gigantesco signo de interrogación, que generalmente suele cerrarse con un poco de imaginación y fantasía”, escribió.

» [...] En el almacén de Cortez no sólo se alojan los seres ya desaparecidos, sino “también las almas que habitan aún en los entes vivos de este relativo espacio que llamamos presente”. Al final, Alberto (“Alma mía, cualquier día te irás yendo despacito;/ ya no mía, tu energía liberada al infinito,/ con tus velas portadoras de la luz a todas horas,/ sin estelas que te duelan como duelen las de ahora”), ha de afirmar que su “teoría” no era más que un disparate, que “nadie tiene el privilegio de escoger previamente el grado de inteligencia que necesita para atravesar su tiempo de vida”, que lo único que buscaba era aferrarse a la vida, y realizar un ejercicio más “de mi derecho a la libertad de escribir lo que me da la gana”. Y entonces, escribió, debería decir describió, las almas de muchos de sus amigos, de sus escritores favoritos, de todos los que él alcanzó a ver en sus imágenes asentados en el almacén de almas de su vida. Y se encontró con el alma de Neruda, de Sabina, de Miguel Hernández, de Joan Manuel Serrat (un alma que se quedó persiguiendo utopías), la de César Vallejo (que nació un día que Dios estuvo enfermo), la de Facundo Cabral, la de Yupanqui, la de Jesús (que es la única alma que lleva corona y es una corona de espinas), la de García Márquez, Gómez de la Serna, Lorca, Jacques Brel, la Mistral, Ghandi, Buñuel, Sor Juana, Almafuerte, y entre otros y otras, me sorprende encontrar en sus haberes de almacenista de almas, la de un poeta dominicano, León David, que “tiene cíngulo y cordón” y que “con ellos sujeta el alma para que no abandone su cuerpo cuando quiere salir en estampida detrás de algún poema”» (JOSÉ RAFAEL LANTIGUA en diariolibre.com)

¡Cantad alto! Oiréis que oyen otros oídos. ¡Mirad alto! Veréis que miran otros ojos. ¡Latid alto! Sabréis que palpita otra sangre. No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado. Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.» (Rafael Alberti)