×
×

Demolición Del Arco Iris

Demolición Del Arco Iris

Escritor: 
Editorial: 
Año publicación: 
Tipo publicación: 
Relacionado con: 

«Libro muy recomendable de Petisme. Hay prosa y poesía, hay una estructura cinematográfica, hay pasión por Eva Mendes y devoción por Paco Rabal, hay viajes y paseos fascinantes por Nueva York, por el Lavapiés de Madrid o el ferry de Staten Island, hay un ir y venir que, como dijo Ángel Guinda, contiene "una atmósfera de álbum de viajes, de cuaderno de bitácora".» (José Ángel Barrueco. En e blog "Escrito en el viento")

• Texto de presentación del libro:

«Un hombre en la consulta del dentista mientras caen las Torres Gemelas, una estatua que cobra vida en el desierto de Monegros y ruge como un profeta del siglo XXI, una mujer amamantando a su bebé a punto de embarcar en un cayuco, un perro esperando a su amo durante veinte años, un pintor obsesionado con los paisajes límite, un mar que padece de insomnio y odia a Bill Gates porque los niños sólo navegan por la Red, dos amantes devorándose en un hotel de Brooklyn, un poeta que se baja los pantalones en un puente de Córdoba y le enseña el culo a la luna, un corazón con brazos del Ikea arrastrado por el agua de la lluvia en Lavapiés, Gerónimo - el jefe apache- vendiendo souvenirs a los turistas en la reserva, la cárcel negra de El Aaiún, el cierzo en las puertas de Bagdad recordándote que no es hora de morir todavía, un tren bajo las lágrimas de la noche, el circo Dolor acampando a las afueras de la ciudad, son algunos de los personajes, escenarios e historias cruzadas que transitan por este libro vigoroso y sin etiquetas, que combina la prosa y el verso y utiliza recursos cinematográficos y teatrales para proponer una denuncia poética del mundo y cantar al amor con un lenguaje visionario y contundente.»

• Fragmento de un texto escrito por Fernando Beltrán sobre este libro:

«Un poeta política, poética e incluso sanitariamente incorrecto, pues sus versos caminan con absoluta impunidad por las grandes superficies de la tierra sin llevar entre sus ingredientes conservante alguno. Un poeta o producto poético, por tanto, absolutamente insano y tan fuera de la ley que hasta parece a veces que todo lo que escribe nace ya con una fecha de caducidad anterior incluso a su propia escritura, pues leyéndole no tardamos mucho en sentir los primeros síntomas del vómito que acompaña cada uno de sus poemas. Vómito de bilis, de óxido, de dolor, de hecatombe, de atentado contra las torres gemelas y de voces al otro lado que claman desde el desierto, como clama una piedra en el riñón o una pedrada en el hígado de los despachos o el pedrisco de los desheredados de la tierra cayendo sobre los capós blindados de los que de una u otra forma nos gobiernan; esos que sólo saben mirar de frente a las cámaras, nunca a los ojos. Nunca a esa intemperie a la que Petisme miró siempre de frente, desvalido, pero de frente, como miran esos ahogados a los que las olas heladas de la noche acaban devolviendo a las playas con los ojos muy abiertos.

Poesía, en definitiva, de todos y con todos los escalofríos del mundo. Y nunca por bondad, por solidaridad, ni por conciencia siquiera, no os equivoquéis. Ojalá fuera así, sufriríamos menos. Simple y llanamente por contagio, por estas cataratas en las uñas del vientre que te hacen vociferar, vocalizar, versificar a chorros cuando ves lo que, sin duda, preferirías no ver, pero ya lo has visto.

Vómito de pena, de rabia, de herida sobredosis, pero vómito también de vida, de celebración, de piel y de ternura. Y que nadie se eche las manos a la cabeza al escuchar la palabra ternura… Es la que he pronunciado y la que viene de aquel latín en donde nombraba todo aquello que era fácil de partirse, de agitarse, o sea, de conmoverse, de no permanecer nunca impasible, o al margen… Ternura hasta en la demolición, por tanto…, y demolición de qué, nos preguntarnos.., el autor nos dice que del arco iris, y nosotros le creemos y nos dejamos incluso columpiar amablemente en los siete colores prometidos hasta asistir de pronto verso a verso a la lenta, exhaustiva e inclemente demolición del Ángel. A la sagrada y bendita demolición de Ángel, nuestro amigo, este ángel que ahora se ha sacado una nueva metáfora de la manga para hablarnos de todo y de todos mientras intenta convencernos que habla de Nueva York o de los Monegros, como si la una no acabara en este desierto, o este desierto tan nuestro no hubiera acabado finalmente formando parte de la misma ruleta entre neones que tanto criticábamos. Maldita Sea…»

¡Cantad alto! Oiréis que oyen otros oídos. ¡Mirad alto! Veréis que miran otros ojos. ¡Latid alto! Sabréis que palpita otra sangre. No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado. Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.» (Rafael Alberti)